Hoy, cuando los diferentes países que configuran la vieja Europa centran su voluntad en una deseada unión entre ellos…; hoy, cuando sentirse europeo conlleva la aventura de la igualdad de pueblos antes ajenos…; hoy, víspera de realizar lo mejor de antiguos sueños…; hoy es, sin duda, cuando debiéramos hablar de una pasión: EUROPA.
Y digo pasión, porque pasional fue la vida de la joven Europa bajo cuyo nombre, durante siglos, nuestro continente se protegió; unas veces buscando el arrullo de una madre y otras, las más, intentando mitigar los desdenes de una diosa que sin piedad o, tal vez, cansada por la arrogancia de quienes en su nombre todo se permitían, nos ofertó lo peor de su bagaje: hambre, guerras y calamidades.
Cuenta la mitología griega que existía una bellísima joven llamada Europa, hija de un rey fenicio. Cierto día, cuando recogía flores con sus amigas en una playa, la vio Zeus –dios griego señor de todos los dioses- y, al instante, se inflamó de pasión por la muchacha. Para conseguir sus fines, Zeus se transformó en un toro blanco de aspecto inofensivo de cuyo aliento se desprendía un suave aroma de azafrán. Maravillada, Europa se acercó e invitó a sus compañeras a imitarla. Éstas huyeron despavoridas pero ella no se asustó, incluso osó sentarse a lomos de tan singular animal. Raudo el toro se izó y entrando en el mar nadó aguas a dentro, en medio de un cortejo triunfal de tritones.
Y a partir de aquí, la leyenda para ser más interesante se divide en dos versiones: la primera narra que llegados a la isla de Creta, son las Estaciones quienes preparan el tálamo nupcial. La otra historia, en cambio, asegura que es al lado de una fuente, a la sombra de unos plátanos, donde Zeus y Europa gustaron los placeres del amor.
En recompensa por cobijar su pasión, Zeus concedió a estos plátanos el privilegio de no perder sus hojas. A propósito de estos árboles tan comunes en plazas y calles europeas, podemos observar que los nuestros distan mucho de ser los afortunados descendientes de aquellos del pasado: todos pierden sus hojas en otoño. Pero sí es verdad que en Creta, en los pueblos del interior, los plátanos conservan su follaje todo el año. Tal vez quieran convencernos con su mudo lenguaje, que Europa existió y que todo es realidad.
De sus amores Europa tuvo tres hijos. Luego Zeus, que debía continuar sus aventuras galantes, la dio en matrimonio al rey de Creta quien adoptó a los niños. Antes encargó la protección de Europa al gigante Talos –cuyo cuerpo de bronce era invulnerable, a excepción de una vena oculta en el talón-; a un perro del cual ninguna presa podía escapar y a un haz de flechas que siempre hacían blanco.
A su muerte Europa, después de recibir honores divinos, fue transformada en constelación. En el siglo XVII Galileo la identificó con un satélite de Júpiter, y a finales del siglo XIX el astrónomo Murmann la incluyó en un prosaico catálogo de asteroides con el poco romántico número: 52.
Territorio de Europa
Si éste fue el origen femenino de Europa, es decir su denominación, pasemos al aspecto masculino: el territorio.
Desde tiempos remotos y seguramente transmitido desde Creta, se conocía por Europa las franjas de tierras e islas comprendidas entre el Oeste (Grecia) y el Este del mar Egeo y del Ponto (estrecho del Bósforo) y a sus habitantes como europeos. Con el transcurrir de los años, este nombre pasó a ser genérico para la península Balcánica o Hélade. Más tarde los romanos llamaron a estos territorios peninsulares e insulares, Grecia.
En los primeros años de nuestra era, después que Alejandro Magno abriera el camino de las expediciones por Asia Menor hasta India, al comprobar los europeos o griegos la amplitud del mundo, dudaron de la conveniencia de mantener los mismos límites dado que no existía una clara división con Asia. Sin embargo, Estrabón defendió tan ardientemente la antigua idea, que la península Balcánica continuó llamándose Europa.
Como la historia suele ser repetitiva, a finales del siglo XIX, Humbolt y algunos científicos más, de nuevo argumentaron que la actual Europa no podía ser una de las cinco partes del globo porque físicamente no era independiente de Asia. La acalorada defensa del geógrafo Ritter buscando en la cultura la independencia, nos permitió seguir considerándonos Continente. Cultura que en la diversidad encuentra su convergencia y en cada una de sus peculiaridades, una raíz común.
Este suceso, por algunos desconocido y poco valorado por otros, representa más que nada aquello que nos distingue: el lujo de ser europeos.
El hilo de la historia
Pero volvamos al hilo de la historia, a ese sutil hilo que si bien nos permite considerarnos un lujo, encierra sacrificios sólo salvables por la esperanza.
Allá por el siglo IV a.C., la primitiva Europa ya había alargado sus límites. El joven rey de Macedonia, Alejandro Magno, que también ostentó el título de rey de Europa, extendió sus fronteras no solamente por Grecia, sino también por las actuales Bulgaria, Macedonia, Albania y parte del sur de Servia, Crocia y Bosnia Herzegovina.
Pero la verdadera aventura, aquella que daría origen a lo que hoy llamamos cultura occidental, nos la proporcionaría las ansias de conquista de este rey. Cuando Alejandro cruzó el Helesponto (hoy estrecho de los Dardanelos) para iniciar sus conquistas en Asia Menor, Egipto e India, seguramente una estrella, aquella de la hermosa Europa, con un guiño de complicidad animaría sus pasos.
Los años que duraron las conquistas sirvieron para establecer las bases de nuestra civilización. De la convivencia de aquellos europeos con pueblos afines y extraños a su cultura, de su asimilación de lo bueno y, ¡cómo no!, de lo peor, surgiría una nueva forma de concebir el mundo en todos sus aspectos: político, científico, filosófico, literario….Este periodo en historia se llamará Helenismo.
Alejandro, a quien éxitos y reinos no le bastaban, deseaba para sí la afirmación divina de su persona ante la humana de sus hombres. Con él se abriría el camino para todos aquellos reyes o no, que se denominaron durante siglos “por la gracia de Dios”. También de su estancia en Persia, al adoptar el ceremonial de la corte, nos llegaría la prosquínesis o flexión de la rodilla ante el monarca, sin olvidar el uso de la corona o diadema y anillo como signos propios de reyes.
En su divinidad, Alejandro también tuvo sueños humanos. Deseó a su regreso de India iniciar la conquista del Mediterráneo occidental hasta España, para sí crear el Imperio Europeo, pero unas terrenales fiebres acabaron con su vida poco antes de cumplir 33 años. Sus sucesores fragmentaron el Imperio para conseguir cada uno un reino, reinos donde el Helenismo se desarrolló en todos los campos del saber, aportando cada uno de ellos nuevos cimientos a nuestra civilización.
Roma, nueva potencia mediterránea
Mas en el Mediterráneo occidental se perfilaba una nueva potencia: Roma. Sus gentes prácticas y racionales agrandaron sus territorios conforme a sus necesidades, evitar la piratería y asegurar su comercio marítimo. Los deseos de un Imperio llegarían como consecuencia de sus victorias.
Asegurada su presencia en la península Ibérica, los romanos dirigen sus miras hacia el Este, los reinos helenísticos son sus objetivos y, de ellos, Grecia su pasión. Admiran su arte, envidian su pasado y aspiran a beber en sus fuentes de cultura. Cuando finalmente la convierten en provincia romana se hará patente la vieja sentencia que augura que “el vencido siempre vence”. En Roma no se concebirá ser alguien sin una formación artística o intelectual griega, ésta será aval de éxito, tanto es así que el emperador Galieno (s.III) se autocalificaba como europeo.
Todo lo anterior expuesto no significa que los romanos se limitaran a ser meros copistas de la cultura griega. Por su carácter racional mejoraron lo mejorable olvidando todo lo confuso y complejo, prueba de ello es el Derecho Romano. Por su practicidad dirigieron sus esfuerzos hacia aquello que fuera útil, es decir, las obras públicas como calzadas, puentes, acueductos…
A partir de Julio Cesar el mundo romano abre sus confines por Occidente. La Galia, Inglaterra hasta Escocia, Alemania superando el Rin, Suiza Austria, Hungría Eslovenia y una buena franja de la República Checa. Con las armas Roma lleva su modo de vida, la romanización. Romanización que no es más que la cultura helenística armonizada por los años.
Es a comienzos del Imperio cuando llega a Roma procedente de oriente, una nueva religión: el cristianismo, que determinará por siglos el componente socio-político y religioso de Europa.
Como no existe imperio eterno, a los romanos los avatares de su propia grandeza les hicieron dividir el suyo en dos: occidente capital Roma y oriente, capital Constantinopla (antes Bizancio, hoy Estambul).
Dos ocasos
Ninguno de los dos se salvó de su ocaso. El primero en el que España estaba incluida, tuvo un temprano fin en el siglo V. Las tribus del Norte o bárbaros asolaron Europa y debió ser tal el acoso, que la palabra bárbaro/a que en latín significa extranjero, pasó a los idiomas latinos y sajones como exageración positiva o negativa. Tres siglos más tarde los Balcanes fueron invadidos y el Imperio Bizantino se redujo a pequeñas ciudades litorales.
También la cristiandad tendió a dividirse. Con la oposición del Obispo de Roma a depender del Patriarca de Constantinopla y apoyado por pequeños desacuerdos teológicos, la Iglesia se fragmento en dos: cristianos romanos y cristianos ortodoxos.
Las invasiones arruinaron Europa y, si bien la esclavitud clásica pierde protagonismo, surgen nuevos modos de sumisión del individuo: siervos y vasallos.
Desaparece el comercio, la economía retrocede y sólo algunos monjes conservan parte de la pasada cultura, aquella relacionada con temas de religión. Acompañando a la miseria, llega aportada por la tribus germánicas la más terrible de las palabras ¡WERRA! o guerra, y presto todos la adoptaran como propia.
Algunas tribus bárbaras se convirtieron al cristianismo. Y una vez más, sintetizaron sus propias ambiciones con la fundación de reinos estables, como es el caso de los francos en la Galia, godos en Hispania o lombardos en Italia. También desde Escandinavia llegaron los normandos (nort-men) para establecerse al Oeste de la actual Francia de donde pasaron a Inglaterra. Casi en paralelo, los húngaros de Asia se asentaron en Europa central y, como los anteriores, abrazaron el cristianismo.
Península salvada
De esta penumbra en que se sumió la cultura europea, buena parte de la Península Ibérica se salvó. Un pueblo culto, los árabes, penetró por el sur con intención de cruzar los Pirineos, mas fue detenido por los ejércitos francos. Los ocho siglos que permanecieron en España contribuyeron con su brillante civilización, al resurgimiento de la cultura europea a partir del siglo XI.
Uno de estos reinos donde se asientan los francos, se perfila como el más poderoso. Su rey Carlomagno, que ha extendido sus dominios por territorios casi coincidentes con la antigua cristiandad romana, no resiste la tentación de ser coronado Emperador. Comienza otro Imperio que por su propia amplitud y acosado por otros pueblos, desaparecerá dos generaciones más tarde.
En el siglo XI con una cierta mejora en el mundo rural, disminuye el hambre y aumenta la población; una nueva clase social aparece, los artesanos. Renace el comercio, la antigua cultura comienza a ocupar su olvidado espacio y las diversas lenguas que habían derivado del latín se consolidan.
La palabra guerra se une a la cruz. Flamantes caballeros animados por el Papa, luchan para rescatar el Santo Sepulcro de manos infieles. Son los cruzados, no importa su procedencia, su meta es Jerusalén la cual toman por algo más de cincuenta años.
Pero como eso de poseer un imperio había arraigado en la condición humana, surge otro que durará hasta el siglo XIX: el sacro Imperio Romano-Germánico. El Papado que también aspira a posesiones terrenales, se le opone. En esta pugna Francia se posiciona como país importante.
Inglaterra hasta ahora bastante cauta, se enfrentó a Francia durante una breve guerra de cien años, terminando con la hegemonía francesa.
Europa se iba reduciendo, desde Asia los mongoles ocupan Hungría y las tierras limítrofes. Sin embargo, una vez expulsados se establecerán en Rusia. Los turcos otomanos conquistan los Balcanes y Europa se limita a aquella de los reinos cristianos. Al finalizar la Edad Media sus fronteras no sobrepasan Filandia, Polonia y el Este de Austria.
Brilla la estrella de Europa
Llegan los siglos XIV/XV y, con ellos, la estrella Europa vuelve a brillar. En Italia surge un extraordinario movimiento artístico llamado Renacimiento que, al desempolvar el pasado grecorromano, nos brindará el mejor de sus legados: el Humanismo.
No obstante su fervor por el mundo clásico, los humanistas no olvidaron las necesidades de su presente. Sus conceptos educativos sobrevivieron hasta el siglo XVIII, y algunos de sus ideales como la fe en el progreso, o la oposición a sustraer al hombre de cualquiera de sus facetas en beneficio de otros, aún perduran en nuestros días.
El Humanismo aporta un nuevo sentir a los viejos reinos medievales. Bajo la palabra Estado, estos reinos se convierten en fuertes monarquías y un patriotismo nacional aflora en el pueblo. La vieja idea de una Europa unida desaparece en pos de imperios particulares. Los reyes aseguran la sucesión de la monarquía con los hijos varones, mientras que las hijas son utilizadas para extender mediante matrimonios sus áreas de influencia.
La Iglesia tampoco se salva de estos cambios. La Reforma encabezada por Lutero y Calvino da lugar a una nueva división: protestantes y católicos. Esta desavenencia religiosa originará en las gentes dos diferentes modos de pensar decisivos para su futuro progreso. De manera coloquial se podrían resumir en dos frases. Para católicos: “si te agraden en una mejilla, ofrece la otra” –sumisión y resignación- y para los protestantes “Ayúdate, que Dios te ayudará” –esfuerzo y tesón-.
Con el descubrimiento de América y ayudada por algún que otro matrimonio, España consigue su Imperio que hace peligrar el equilibrio europeo durante cien años.
Los desacuerdos religiosos y sociopolíticos entre protestantes y católicos, se resuelven esta vez con una guerra más corta: tan sólo de treinta años. Con la Paz de Wesfalia se alcanzará la serenidad y alumbrarán nuevas ideas que configurarán el nuevo perfil de Europa. Esta Paz abrirá la senda a grandes reuniones como el Congreso de Viena, o las conferencias del siglo XX que pusieron fin a las dos Guerras Mundiales.
Mientras que Francia recupera su esplendor con el Rey Sol, Luís XIV, en Rusia los mongoles son reducidos por el zar Pedro el Grande que adopta las instituciones europeas y, por primera vez, se marcan los actuales límites geográficos de Europa por el Este (siglo XVII) en los Urales, el mar Caspio y el Cáucaso.
América trastoca la economía y la sociedad europea. Su oro y plata atraen a los Estados haciendo emigrar a sus gentes en busca de fortuna o, simplemente, para combatir la hambruna.
Los Países Bajos descubren una moderna forma de Imperio: el comercio marítimo. Los beneficios de este comercio generarán una burguesía rica, origen de un movimiento artístico y cultural que desplazará a Italia de su protagonismo. Inglaterra, después de su ruptura con el Papa y reservándose la monarquía la máxima jefatura de la Iglesia, se perfila como sucesora al conseguir un Imperio en ultramar que mantendrá hasta hace 60 años.
Despertar de su letargo
En el siglo XVIII la dulce Europa despierta de su letargo, no quiere perderse ¡tantas novedades! La industria se amplía y moderniza. Los grandes Estados centro-europeos, Austria, Rusia y Prusia se agrandan a costa de los pequeños. En la rica Francia germina un gran ambiente cultural (Ilustración), sus pensadores combaten el poder absoluto de los reyes y las estructuras sociopolíticas. Contra lo esperado, adquieren gran prestigio entre los soberanos que se declaran sus discípulos (Despotismo Ilustrado).
Estos modos de pensar desembocaron en la Revolución francesa, hundiendo a la monarquía en un reguero de sangre. La Revolución, como todo proceso de cambio, recuperó el concepto de algunas palabras, esta vez fueron tres, pero las tres son mágicas: libertad, igualdad y fraternidad.
La antigua idea de unificar Europa renace con Napoleón, pero en beneficio de Francia. Se nombra emperador, consigue un Imperio y con ello, además de atraer las iras de los otros soberanos, fomenta los nacionalismos. Cuando es derrotado, sus vencedores lo celebran en Viena diseñando un mapa político de Europa según conveniencia.
El siglo XIX preludia cambios. La evolución de la economía y el desarrollo de la industria propagan la libertad económica y política. La burguesía hace retroceder a la monarquía absoluta. Se desarrolla el movimiento de las nacionalidades. Los obreros exigen el sufragio universal y se agrupan en sindicatos. Se unifica Italia, aparece el ferrocarril entre otros muchos adelantos y cuarenta millones de europeos emigran en busca de fortuna.
Pero sobre todo será el mundo de la filosofía, mejor dicho los filósofos quienes originarán los cambios sociales desde el siglo XIX hasta finales del XX. Del sistema filosófico de uno de ellos, Hegel, saldrán dos figuras importantísimas: Engels y Marx. De la colaboración y pensamiento de ambos surgirá, entre otros, el Marxismo, el Partido Socialista alemán y el Manifiesto Comunista. Marx escribirá el Capital, uno de los libros más editados de la historia, y a la muerte de éste Engels redactaría los libros segundo y tercero.
La pasión por Europa
Y finalmente llegamos al siglo XX. Siglo de guerras fraticidas, guerras que enfrentan a europeos contra europeos y guerras económicas que sin derramar sangre hieren como las otras.
Ante tal desoladora expectativa, la hermosa Europa desde su universo se decide a intervenir. Dos palabras concentran su Mensaje: Unión Europea. Palabras que con su apoyo se convierten en realidad, reconduciendo los sentimientos a la razón y el futuro a la esperanza. Porque, sin duda, esta Europa es su casa, y nosotros…: su pasión.
(Para la revista Temas para el debate)
Myriam Sagarribay
Historiadora -Sección Antiguas y Reestructuración Histórica-, Myriam Sagarribay es Vicepresidenta y Portavoz de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría (Unesco) y Miembro de la Comisión Española de Cooperación con la Unesco.
Archivado bajo: Artículos, General, Historia | Etiquetado: Europa, Historia, Política





[...] Europa: breve historia de una pasiónterceravia.wordpress.com/2008/08/21/europa-breve-historia-de… por dasalta hace pocos segundos [...]